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    17 de octubre de 2026

    Me acorde de algo. Los nombres.

    Me acorde de algo. Los nombres.
    Me acorde de algo. Los nombres.

    Me acorde de algo.

    Los humanos les ponen nombre a casi todo.

    A los perros.
    A las calles.
    A los árboles.
    Hasta a los ríos.

    No sé si las cosas necesitan un nombre para existir.

    El río nunca tuvo que presentarse.
    Yo tampoco.

    Antes de saber que esa palabra era para mí,
    yo ya sabía quién era.

    Sabía dónde buscar agua
    cuando el verano la escondía.

    Sabía qué lugares olían a peligro.

    Sabía distinguir un trueno
    de un camión.

    Sabía que era mejor
    no acercarse a las personas.

    Y sabía que el hambre
    siempre llegaba
    antes que el amanecer.

    Todo eso lo aprendí
    sin que nadie me llamara
    de ninguna manera.

    Un día escuché una palabra.

    —Poroto.

    Era muy chico.
    No la entendí.

    Pero siguió apareciendo.

    También escuchaba
    "Anita".
    Y "Morocha".

    Nunca hablamos de eso.

    Los perros no nos presentamos.
    Nos olemos.

    Creo que, si los humanos hicieran lo mismo,
    recordarían menos nombres…
    y conocerían mejor a los demás.

    Un día descubrí algo curioso.

    Cada vez que sonaba esa palabra,
    alguien me estaba mirando.

    No con esos ojos rápidos
    que usan las personas
    cuando pasan de largo.
    Con otros.
    Como si tuvieran tiempo.

    Empecé a levantar la cabeza
    cuando la escuchaba.

    No porque supiera
    que era mi nombre.

    Sino porque casi siempre
    venía acompañada
    de una sonrisa.

    Con el tiempo entendí
    que esa palabra era para mí.

    Aunque todavía no estoy seguro
    de cómo funciona.
    Porque cuando otro perro
    llega a esta casa,
    también recibe un nombre.

    Y antes de tenerlo,
    ya era alguien.

    Ya tenía miedo.
    Ya esperaba.
    Ya extrañaba.
    Ya soñaba.

    Quizás los nombres
    no sirven para decir
    quién eres.

    Quizás sirven
    para que alguien pueda llamarte
    cuando quiere que vuelvas.

    Eso me gusta.

    Porque hay perros
    que tienen un nombre muy bonito.

    Y nunca vuelven
    a escucharlo.

    Ahora yo, en cambio,
    escucho "Poroto"
    varias veces al día.

    A veces porque hice algo bien.

    A veces porque hice algo
    que no debía.

    No noto mucha diferencia.

    Pero en las dos
    hay alguien hablando conmigo.

    Tardé mucho en entenderlo.

    No era la palabra
    lo que importaba.

    Era saber
    que alguien la decía…

    esperando encontrarme.