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    12 de octubre de 2026

    ANTES DE QUE APAGUEN LAS LUCES

    ANTES DE QUE APAGUEN LAS LUCES
    ANTES DE QUE APAGUEN LAS LUCES

    Una pequeña advertencia para quienes todavía se atreven a leer en la oscuridad.
    Hay algo que debes saber antes de entrar.
    No todas las historias fueron escritas para entretenerte. Algunas nacieron de una pregunta que nadie supo responder; otras, de una pesadilla que se negó a terminar cuando abrimos los ojos. Las hay que fueron concebidas para arrancarnos una sonrisa, para hacernos creer en el amor o para recordarnos que, a pesar de todo, todavía existen cosas por las que vale la pena quedarse un poco más.
    Pero también existen historias que nacen cuando la casa está en silencio, cuando el reloj parece haberse detenido y los pensamientos comienzan a caminar por habitaciones de nuestra mente que preferiríamos mantener cerradas.
    Historias que no saben consolar.
    Historias que no prometen un final feliz.
    Historias que, aun así, merecen ser contadas.
    Yo escribo esas historias.
    A veces las visto de negro y las envío a caminar por cementerios donde los muertos tienen mejores razones para guardar silencio que los vivos. Otras veces las dejo perderse en bosques donde los árboles parecen recordar nombres que nadie ha pronunciado en siglos, en ciudades que esconden horrores bajo sus calles o en mundos tan lejanos que la humanidad apenas sería capaz de comprender sus reglas.
    En ocasiones, incluso, las hago enamorarse.
    Porque hay pocas cosas tan hermosas y terribles como el amor. Esa absurda disposición a entregarle a otra persona las partes de nosotros que más nos ha costado reconstruir; esa manera de convertir una voz en refugio, una mirada en hogar y una despedida en algo capaz de perseguirnos durante años. Si alguna vez has amado a alguien hasta encontrarlo en las canciones, en los sueños o en los lugares que solían pertenecerles a ambos, quizá comprendas por qué algunas de mis historias tienen más heridas que páginas.
    No escribo únicamente sobre monstruos.
    También escribo sobre las personas que aprenden a vivir con ellos.
    Y, a veces, sobre las que terminan convirtiéndose en uno.
    Me gusta pensar que el terror no siempre necesita colmillos, garras o criaturas ocultas debajo de la cama. A veces basta con una puerta que aparece abierta después de haberla cerrado con llave. Una fotografía en la que alguien sonríe desde un lugar donde jamás estuvo. Una llamada telefónica recibida a las tres de la madrugada desde un número que pertenece a una persona enterrada hace veinte años.
    O quizá algo mucho más sencillo.
    Un hombre que regresa a casa y descubre que su perro le teme.
    Una mujer que comienza a olvidar el rostro de su hijo.
    Un niño que asegura que su madre lleva varias noches durmiendo en el armario, aunque todos saben que ella murió el invierno pasado.
    Lo verdaderamente aterrador no siempre es aquello que desconocemos, sino la posibilidad de que lo imposible lleve mucho tiempo viviendo junto a nosotros y que, por alguna razón, haya decidido dejar de esconderse.
    Sin embargo, no todo lo que escribo pertenece a las sombras.
    También hay espacio para la fantasía, para los mundos que todavía no existen y para las personas que se atreven a desafiar aquello que parece inevitable. Me interesan los héroes que dudan, los villanos que alguna vez tuvieron razones para ser buenos y los personajes que deben elegir entre salvar el mundo o conservar aquello que les da motivos para seguir viviendo en él.
    Me interesan las decisiones que nos cambian para siempre.
    Las promesas que hacemos creyendo que tendremos toda una vida para cumplirlas.
    Las despedidas que llegan demasiado pronto.
    Y las pequeñas victorias de quienes, aun con las manos temblorosas, deciden levantarse una vez más.
    Supongo que, en el fondo, todas mis historias hablan de lo mismo: de lo que significa estar vivo cuando la vida no siempre parece dispuesta a tratarnos con gentileza.
    Por eso escribo.
    No porque tenga todas las respuestas, ni porque crea que unas cuantas palabras puedan reparar el mundo. Escribo porque hay sentimientos que se vuelven demasiado grandes para permanecer dentro de una persona; porque algunas preguntas merecen convertirse en relatos, y porque incluso aquello que nos duele puede transformarse en algo que otra persona encuentre hermoso.
    Tal vez esa sea una de las cosas más extrañas de la literatura: nunca sabemos quién terminará encontrándose a sí mismo entre nuestras palabras.
    Quizá escribamos sobre un hombre que pierde a su amada y, al otro lado de la página, alguien recuerde a la persona que todavía extraña. Quizá inventemos un monstruo para una novela y un lector descubra que lleva años alimentando uno parecido dentro de su propia cabeza. Quizá describamos un mundo condenado a desaparecer y alguien encuentre, en medio de sus ruinas, una razón para reconstruir el suyo.
    Nunca lo sabemos.
    Solo escribimos.
    Y esperamos.
    Así que, si has llegado hasta aquí, permíteme darte la bienvenida.
    No puedo prometerte que todas mis historias serán amables contigo. Algunas quizá te hagan mirar dos veces hacia el pasillo cuando apagues las luces. Otras podrían recordarte a alguien a quien todavía extrañas, hacerte pensar en una vida que nunca llegaste a vivir o dejarte con esa tristeza particular que aparece cuando una historia termina y una parte de ti habría querido permanecer un poco más en ella.
    Pero sí puedo prometerte algo: detrás de cada historia encontrarás una intención, detrás de cada personaje habrá algo que merece ser descubierto y, detrás de cada palabra, estará alguien que ha decidido compartir contigo una pequeña parte de su imaginación.
    No necesitas estar de acuerdo con todo lo que escribo.
    No necesitas comprenderlo todo.
    Ni siquiera necesitas que te guste cada historia.
    Solo te pido que, de vez en cuando, te permitas sentir algo.
    Que tengas curiosidad por lo desconocido. Que no cierres un libro únicamente porque sus páginas se han vuelto oscuras. Que recuerdes que, incluso en los relatos más crueles, puede esconderse una verdad profundamente humana.
    Y si alguna vez encuentras una frase que parece escrita para ti, una criatura que te resulte extrañamente familiar o un personaje cuya tristeza se parezca demasiado a la tuya, entonces quizá comprendas por qué decidí sentarme frente a una página en blanco y comenzar todo esto.
    No para enseñarte a mirar el mundo como yo lo hago.
    Sino para que, durante unos instantes, podamos mirarlo juntos.
    Mi nombre no es importante para las historias que todavía no he contado. Lo importante es que están aquí, esperando a que alguien se atreva a abrirlas.
    Así que adelante.
    Pasa.
    Todavía queda tinta en la pluma, hay historias esperando su turno y, en algún lugar de esta casa, una puerta acaba de cerrarse sin que nadie la tocara.
    No te preocupes por eso.
    Probablemente no sea nada.
    Y, si lo es, al menos tendrás una buena historia que contar.
    Bienvenido a mi mundo.
    Procura no perderte.
    Aunque, entre nosotros, hay lugares de los que quizá no quieras encontrar la salida.